Llegué a casa y deje la bolsa con lo que había recogido en
una mesita al lado de la puerta. Fui al cuarto y vi como mi madre seguía
durmiendo. Pensé en no despertarla, pero si la dejaba dormir todo el día a la
noche no pegaría ojo.
-Mama –le susurre mientras le daba ligeros empujones –Vamos
mama levanta.
Vi como abria poco a poco los ojos y como luego me sonreía
de una forma que me lleno de tristeza. Tenia que sentirse una mierda, sin poder
moverse ni hacer nada, dejando que su hija cuidara de ella.
Le di un beso en la mejilla y le ayude a recostarse en la cama. Fui corriendo a
la cocina y cogi el desayuno. Me quede mirándolo unos instantes y lo volvi a
dejar en la mesa, entonces cogi algo mas de la comida que había recogido hoy
–la que estaba en mejor estado –y le puse un poco.
-¿Qué celebramos? –Dijo ella relamiéndose los labios cuando
me vio entrar por la puerta.
-La suerte que tengo de tener una madre tan increible –le
dije sonriendo anchamente. Ella me devolvió la sonrisa y vi como sus ojos se
humedecían. Vi reflejado en su rostro como luchaba por no llorar, y aunque una
primera gota salio traicionera de su ojo derecho yo hice como si no me hubiera
dado cuenta. Le puse la comida en las piernas inmóviles y le empeze a dar de
comer. Ella poso la mano que podía mover sobre la mia y me miro a los ojos.
-Puedo sola. –Dijo con una media sonrisa. Yo le sonreí y le
di la cuchara.
Por unos momentos me quede viendo como comia con dificultad
y me vino a la mente lo felices que eramos cuando mi padre vivía y cuando mi
madre podía moverse, bueno, la verdad es que la situación económica en España
no era muy diferente, pero tener dos padres que te quieren y te cuidan era
reconfortante.
Me obligue a dejar de pensar en eso, era el pasado y
recordándolo no haría nada más aparte de hacerme daño. Agite mi cabeza
intentando sacarme todas las imágenes que me golpeaban el pecho con fuerza y me
hundían en una tristeza inmensa y por un momento lo conseguí. Necesitaba
despejarme y sabía exactamente a donde ir. Fui a mi mesilla compartida y saque
unas hojas que había robado del colegio y unos bolígrafos, los metí dentro de
mi camiseta para que ningún policía los viera y no me preguntara de donde los
había sacado.
La gente como nosotros no tenía dinero
para comprar casi nada y malgastarlo en hojas era una insensatez, eso los
policías lo sabían y estaban deseando atrapar a ladronzuelos para apresarlos y
hacerles lo que quiera que les hicieran. Siempre iban a por los adolescentes,
pocas veces verías como registraban a un anciano a no ser que necesitaran
desahogarse pegando a alguien, entonces los ancianos eran sus principales
presas. Había habido más de una vez en la que el hombre al que habían detenido
no había hecho nada y los policías metían cadenas de oro en sus bolsillos para
así pegarles una buena paliza antes de llevarlos a la policía y luego decir que
se opuso y que tuvieron que usar la fuerza. ¿Vosotros os imagináis a algún
anciano pegando a un policía? ¿No verdad? Yo tampoco.
Salí de la casa no sin antes asegurarme de que mi madre
había terminado de comer y le di un libro viejo que también robe del colegio
para que se entretuviera leyendo. Ella sabía leer, al contrario de muchos de
los jóvenes de hoy, yo había aprendido gracias a ella y a mi padre pero sino seria
como los demás, analfabeta.
Me metí por un sendero verde que separaba las casas viejas y
las calles mal olientes de un precioso valle. No muchas personas conocían el
valle ya que para eso había que cruzar un bosque en el que era demasiado fácil
perderse. Yo sabía la ruta ya que mi padre me la enseño de pequeña y Annie también ya que yo se la enseñe a ella. No ceía que nadie mas la conociera y si
había gente serian caminantes que intentaban escapar de su horrible pueblo para
llegar a otro peor.
Un par de veces me encontré con andantes. El primero fue con mi padre quien me
prohibio acercarme a el y nos escondimos detrás de una roca hasta que se alejo
lo suficiente, pero el segundo fue después de que mi padre muriera.
Era un día bonito, Domingo al igual que hoy. El sol brillaba con fuerza y una suave brisa
se levantaba, evitando que la fuerza del sol dañase mi piel.
Yo tenía 14 años, dos más que ahora y estaba sentada en el valle escribiendo,
como de costumbre, cuando escuche como las pisadas de alguien se acercaban
hasta mí. Acto reflejo me levante y me escondí detrás de un seto, justo en ese
momento alguien pasó corriendo con una mochila en la espalda. Era un chico de
unos 17 años, moreno de ojos verdes y piel ligeramente bronceada.
Cuando llego al lugar donde hacia dos minutos había estado yo se paro y miro
hacia atrás para ver si alguien le seguía. Cuando se aseguro de que no había
nadie se tiró a la hierva lanzando su pesada mochila a un lado. Algo le hizo
daño pues se remobio en su sitio y saco unas ojas y un boli de detrás de su
espalda.
-Mierda –susurré. Al esconderme tan rápido se me debía de
haber caído.
Empezó a ojear las hojas. Yo no lo soportaba más, nunca me
ha gustado que lean lo que escribo sin mi permiso.
Me levanté y salí despacio de mi escondite, intentando hacer el menor ruido
posible.
Llegué a su altura, pero el estaba sentado de espaldas a mi,
absorto leyendo los papeles, mi papeles, y no se dio ni cuenta de que alguien
le observaba.
-Me… me lo devuelves –le dije tartamudeando. El dio un bote
y se levantó, pero cuando me vio sus hombros se relajaron, al igual que su
mandibula.
Me sonrió y yo no pude evitar ponerme roja. No quería
mirarle a la cara, sus ojos eran demasiado bonitos, así que me limite a señalar
mis papeles.
El rió y me los entrego, cuando los tuve en mis manos di un
giro y empeze a andar, quería irme de allí, pero su voz me detuvo.
-Oye, que no muerdo. –Me giré para observarle y
efectivamente, me estaba sonriendo.
-Ya, eh, bueno, es que me tengo que ir, mi madre debe de
estar preocupada. –Dije sin saber a donde mirar. Opté por mirar al suelo, a si
evitaba el contacto visual.
-¿Eso lo has escrito tu? –dijo acercándose a mi y haciendo
caso omiso a mis anteriores palabras.
Yo di un paso para atrás pero el siguió avanzando. Cuando estuvo
a mi altura vi como su mano se estiraba hacia adelante señalando los papeles
que yo arrugaba de los nervios.
-¿Me dejas leerlos antes de que los rompas? –me pregunto y
cuando volví a mirarle seguía sonriéndome. Volví a notar como mis mejillas me
ardían y le entregué los papeles. Igual así dejaba de sonreírme de esa manera
un poco.
El sornió satisfecho y se sento en el suelo, me hizo un
gesto con la mano para que me sentara a su lado pero yo hice caso omiso y me
quede depie. Al final me rendí y me senté, aunque no tan cerca como el me había
propuesto. Le miré y vi como tenía la lengua fuera y los ojos entrecerrados,
estaba muy concentrado. Giré la cabeza y cerre los ojos, dándole paso al sol
para que calentara mi cuerpo y escuchando todos y cada uno de los sonidos
provenientes del bosque que se mezclaban con la respiración del chico de ojos
verdes que leía mis pequeños secretos.
No se cuanto tiempo mantuve los ojos cerrados, pero cuando
los abrí me encontre con la mirada de aquel chico clavada en mi. Intente por
todos los medios no enrojecerme, pero mis esfuerzos fueron en vano asique me
levante de un salto y estire mi brazo para que me diera los papeles.
-Lo siento –dijo el chico imitando mis movimientos y
entregandomelos –no quería incomodarte, es que estabas muy tierna. –Dijo
soriendo, y noté como de nuevo las mejillas me ardían. –Soy Jake –Dijo
extendiendo la mano para que se la estrechara. Yo la miré desconfiada, y luego
mire a sus ojos verdes que me escrutaban. Parecía como si quisiera leerme la mente.
-Dulce –dije y antes de apretar su mano me di la vuelta y
empezé a caminar.
Aunque no vi su cara supuse que debía de estar
desconcertrado, y eso me hizo sonreir.
-¡Oye! –grito -¡Dulce! –yo me giré y le hice un gesto de
despedida con la mano mientras me metia de nuevo en el bosque.
Dentro de el me sentía a salvo, era como mi segundo hogar,
casi mejor que el primero. Me dio un poco de pena haber dejado a ese pobre
chico solo. Seguramente se meteria en el bosque e intentaría encontrar el
pueblo pero acabaría perdiéndose y dando vueltas como una peonza. Seentí la
necesidad de darme la vuelta e ir a buscarle, enseñarle el camino al pueblo y
puede, que alojarlo en mi casa, pero enseguida lo que mi padre años atrás me
había dicho resonó en mi cabeza.
-No te fies de ellos
Dulce. Corren porque son presos y están intentando escapar de su anterior
pueblo, de sus anteriores vidas que ellos mismos han destruido, para así llegar
a otros pueblos y destruir otras vidas.
-¿Cómo sabes que son
presos papa? Igual solamente quieren empezar una vida nueva en un sitio nuevo
-Eso es lo que quieren
que pienses cariño, pero si fueran personas normales, utilizarían las
carreteras, como todo el mundo.
En ese momento le creí. Mi padre era sabio y siempre tenía
razón en todo lo que decía, pero Jack no parecía un preso, era demasiado joven
para haber destruido la vida de nadie, puede que hubiera robado algo, pero todo
el mundo roba cosas, hasta yo. Y hasta mi padre.
Me di la vuelta pensando en salir corriendo y buscarle, pero
no me hizo falta, allí estaba el.
-Lo siento yo… -le dije intentando explicar mi acto de
crueldad de dejarlo solo y perdido.
-No pasa nada, te girabas para buscarme ¿verdad? –me dijo
sonrindo.
Yo le devolví la sonrisa y me acerque a el.
-Puedo enseñarte el camino al pueblo si quieres.
-Eso seria genial.
Caminamos durante 15 minutos, saltando arboles caídos y
piedras, el estaba agotado, me contó que había estado andando dos días enteros
sin casi parar a descansar, pero que nunca se había enfrentado a un bosque tan denso.
Yo le obligue a andar unos cuantos minutos mas hasta que
llegamos a un riachuelo.
-Podemos parar aquí un rato, ya solo queda la mitad del
camino.
-¿Te parece poco? –contesto el colocando sus manos en la
cabeza, pero acto seguido las bajo y puso una mueca de dolor.
-¿Qué te ocurre? –le pregunté extrañada. -¿Agujetas?
-No –dijo el masajeándose las costillas, pero otra mueca aun
peor asomo en su rostro.
Me acerque despacio y le subi la camiseta intentando no
rozarle. Me quedé helada cuando vi como unos moratones l cobrian todos los
laterales. Le obligue a dar la vuelta esperándome lo peor, y efectivamente,
tenía marcas de latigazos por toda la espalda. La sangre estaba seca, y como no
se había lavado las heridas tenía una pinta horrible.
-Deja que te las limpie –dije mientras intentaba quitarle la
camiseta del todo. Su cara paso de una sonrisa de agradecimiento a una mueca de
dolor cuando sinquerer uno de mis dedos rozo su piel magullada. –Lo siento
–dije yo alarmada.
-Tranquila. –Dijo el dejando al descubierto su blanca
dentadura –Y gracias.
Yo me gire y metí la camiseta en el arrollo. Cuando me di la
vuelta el estaba en una piedra. Me acerque a el y me coloqué de cuclillas.
-Si te hago daño… Te ruego que me perdones –dije y antes de
que pudiera decir nada pase por una de las marcas del látigo la camiseta
mojada. El soltó un grito de dolor, que enseguida se convirtió en un suspiro de
alivio. –El agua no te va a hacer gran cosa, pero por lo menos te lavara las
heridas y te calmara la zona.
Seguí pasando la camiseta por toda su espalda con el máximo
cuidado posible, pero cada vez que esta hacia contacto con su cuerpo el soltaba
un gemido seguido de un suspiro.
Llegué al pecho, donde también tenía unos cuantos golpes. Dudé unos momentos
pero enseguida empeze a limiarle también. Ya no se quejaba, solo tenia los ojos
clavados en mi, noté como su mano tocaba mi mejilla y colocaba un mechon de
pelo rebelde detrás de mi oreja, lo que proboco un escalofrío en mí.
Cuando terminé de limpiarle me separé un poco y observe como las heridas ya no
parecían tan feas.
-Muchas gracias, ahora me siento mejor –dijo el sonriendo y
yo le devolví la sonrisa. –Tienes una sonrisa preciosa, deberías de sonreír
más.
-Y tu tienes la boca muy grande, deberías de callar más. –Le
dije sonriéndole de nuevo y levantándome. El imito mis movimientos. Yo coloque
la camiseta en una rama para que se secara un poco y me senté a su lado la
roca.
-Este sitio es precioso. –Me dijo sin mirarme.
-Si que lo es. –Contesté observando todos y cada unos de los
detalles que lo hacían tan único. El agua era cristalina y permitia que se
vieran unos diminutos peces de todos los colores del arcoíris. Los arboles eran
esbeltos y el aire era fresco aunque todavía el sol nos diera de lleno.
-¿Cómo lo descubriste? –me preguntó esta vez girando su
cabeza y mirándome.
-Me lo enseño mi padre. –Dije con cierta nostalgia en la
voz. –Ahora el esta muerto. –Las palabras me salieron sin pensarlas, aunque la
verdad es que era la única manera de decirlo.
El se revolvió nervioso.
-Lo siento. –me dijo colocando una mano en mi hombro.
-Y yo. –Le dije sin dejar de mirar al paisaje, intentado no
hacer caso al ardor que sentía en el hombro donde su mano estaba apoyada.
Nos quedamos un rato en silencio, sin saber que decir, pero
tampoco hacia falta, entonces algo cruzo mi mente como un rayo.
-¿Por qué escapabas? –dije girándome para contemplar su
rostro.
-¿Qué? –me preguntó extrañado devolviéndome la mirada.
-Te vi correr como un loco y luego comprobar si alguien te
seguía.
El sonrió y miró de nuevo al lago.
-No se te escapa una. –Dijo con tono triste. –De la policía.
Me quede callada, invitándolo a continuar y a que me diera
una explicación pero no dijo nada mas.
-¿Has hecho algo malo? –Le pregunté temerosa por su
respuesta.
-¿Tu crees que he hecho algo malo? –me dijo mirándome de
nuevo.
-Sinceramente no, pero algo habrías hecho para que te
persiguiera la policía.
El soltó un suspiro.
-Como has dicho antes tengo la boca muy grande, pero también
tengo los oídos muy abiertos. Escuche algo que no tenia que haber escuchado y
se enteraron.
-¿Algo muy grave?
-Mas que grave. Digamos que su solución para que la crisis
termine es una una putada para todos los pobres.
-¿Mas impuestos? Eso no es una sorpresa. Saben que no
tenemos dinero pero aún así nos obligan a pagar impuestos cada vez mas altos.
-No no es eso. –me dijo, y pude notar como su voz se volvia
espesa y sus ojos se llenaron de un fuego que no supe descifrar.
-¿Entonces? –le pregunté nerviosa.
-No puedes decírselo a nadie.
-A nadie.
-Veras… -antes de que pudiera explicarme que era lo que le
hacia enfurecer tanto, oímos unos gritos de hombres y escopetas.
-¿Qué es eso? –grité asustada mientras me levantaba.
-Mierda, mierda, mierda. Han seguido nuestro rastro. –Dijo
levantándose y recogiendo su mochila deprisa.
-¿Quién? ¿La policía?
No me contestó, pero me hizo un gesto para que me callara.
-Ven. –me susurro mientras me cogia de la mano. Nos
colocamos detrás de una mata de hiervas y rocas de cuclillas. Las zarzas y los
cortes que me hacia con las rocas me hacían daño, pero era mayor el miedo que
sentía. Estaba temblando. Jack lo notó y me abrazó mientras me acariciaba el
pelo.
-Tranquila, no nos van a encontrar –dijo susurrándome y
entonces oímos las pisadas más cerca. Asomamos la cabeza por las ramas y vimos
a 6 policías con 3 perros rastreando el terreno. Yo comencé a temblar más, si
nos encontraban ¿Qué nos harían? Yo era cómplice, estaba con el hombre al que
buscaban por esa información tan valiosa.
-Eh tranquila. –Me dijo suentandome la cara con ambas manos
y obligándole a mirar. –No nos va a pasar nada.
Yo asentí pero noté como las lagrimas me mojaban la cara. El
me abrazó mas fuerte.
-Lo siento mucho, no quería que esto pasara.
Oímos como los hombres hablaban y decidían marcharse y
empecé a tranquilizarme.
De repente noté como si algo faltaba, me separé despació de
Jack y miré su torso desnudo.
-Jack –le dije susurrando e intentando no llorar -¿y tú
camiseta?
Decir que se puso blanco es poco. Yo lo entendí a la
perfección, se la había dejado colgada en el árbol, yo la había dejado colgada
en el árbol.
El miedo volvió a inundarme.
-Seguro que no la ven. –me dijo intentando tranquilizarme,
intentando tranquilizarse.
Por un momento lo creí, pero ese momento de paz no duro mas
de dos segundos, cuando escuche a uno de los policias reir.
-El muy gilipollas se ha dejado la camiseta aquí –le solto
al otro compañero y ambos empezaron a reírse. Luego todos se le unieron.
-Jack sabemos que estas aquí –dijo uno de ellos.
-Si, y también esa pequeña zorra con la que te han visto.
-Si sales ahora no le haremos daño.
-No, seguro que disfruta –dijo otro, y todos empezaron a
reir mas fuerte.
Un escalofrio me recorrio de la punta de los pies a la
cabeza. El me abrazo mas fuerte. De repente me separó de el y volvió a cogerme
la cara con ambas manos. Me limpió las lagrimas y me sonrió de medio lado.
-Muchas gracias por todo –dijo susurrando. –Nunca había
conocido a nadie como tu, que con tansolo 14 años tenga todo tan claro.
-No. –Dije yo intentando no gritar. –No te despidas, no te
vas a ir a ninguna parte.
-Si no voy yo nos cogerán a los dos y esto es culpa mia.
Mira, cuando yo te diga sal corriendo por ahí detrás, intenta ir lo mas
agachada que puedas ¿vale? Que no te vean. Yo captaré su atención. No te va a
pasar nada.
Yo negué con la cabeza, incapaz de hablar, pues las lagrimas
se habían vuelto a adueñar de mi.
-No llores mi niña –me dijo secándome de nuevo las lagrimas.
–Nunca te olvidaré. Espero que tu a mi tampoco.
-Bueno, pues si no sales por las buenas, saldrás por las
malas –gritó uno de los soldados y pego un tiro a algún lado de la maleza.
Luego otro y otro.
-Es ahora o nunca. –Me dijo mirándome muy serio.
-Pero te mataran –le contesté.
El no me contestó, se giró y antes de desaparecer se giró y
cogiéndome la cara me beso. Fue un beso lento, suave. Mi primer beso. No creo
que pasara mucho tiempo, pues no nos sobraba, pero a mi se me hizo eterno.
Todavía hoy, después de dos años sigo sintiendo sus labios empujando contra los
mios y su lengua acariciándome todos los
recovecos de mi boca.
Se separó, me sonrió y luego me empujo para atrás suavemente.
-Corre –me susurro.
-No –dije yo sin parar de llorar.
-Que corras. –me dijo mas fuertemente –por favor. –Esto
ultimo lo dijo como suplicándome. Yo le hice caso y me puse de rodillas, me
acerque de nuevo y le dí un beso fugaz en la boca, luego me giré y intentando
ir lo mas agachada que podía corri. Me paré detrás de un árbol, no muy lejos de
ahí, intentando respirar.
-Vaya, vaya –oí que decía uno de los guardias. –A si que
aquí estas Jack.
El corazón empezó a latirme fuertemente.
-¿Dónde esta tu amigita? –preguntó uno de ellos.
-No se de quien habláis –dijo Jack con un tono agresivo sin
que le temblara la voz.
Uno de los guardias soltó una amarga carcajada.
-Vamos chaval, no querrás tirártela solo tu ¿no? Vamos,
comparte un poco, igual si nos dices donde está te perdonamos la vida.
Sentí ganas de vomitar y miedo por que Jack les digera donde
estaba, pero no dijo nada.
-Callaos gilipollas. –Gritó otro de los policias que no había
hablado antes –A esta rata asquerosa nadie le va a perdonar nada. Me parece que
sabes mas de la cuenta. No nos gustan los listillos ¿sabes? Dinos donde esta
esa muchacha y no la mataremos.
El siguió sin contestar.
-Tu lo has querido. –dijo el mismo hombre de antes. -¡Apuntad!
Escuche como las pistolas se levantaban y sentí una opresión
en el pecho que no me dejaba respirar.
-Hijo de puta. –Dijo el hombre riendo. -¡Fuego! –gritó, y el
ruido de un monton de balas hicieron que perdiera el equilibrio y vomitara todo
lo poco que tenía en el estómago.
Corrí lo mas rápido que las piernas me lo permitieron,
llorando como nunca había llorado antes y me avergüenzo un poco de esto, pero,
lloré más con este suceso que cuando mi padre murió. Cuando hube llegado al
pueblo me sequé las lagrimas y me toqué los labios intentado revivir ese beso
que nunca mas iba a sentir.
-¡Oh Jack! Podría haber sido tan diferente. –Dije mientras
las lágrimas volvían a brotar de mis ojos.